De por qué soy un adicto al gear… más que un guitarrista

Toco guitarra eléctrica desde hace más de veinte años… y todavía no puedo tocar semicorcheas por encima de los 120bpm.

Lo he hecho, siempre, en mis tiempos libres. Primero, por las mañanas, antes de que comenzaran mis clases en la preparatoria a la que asistía en el turno vespertino; luego, en la universidad, donde me convertí en el insufrible que quiere tocar La Chispa Adecuada en todas las reuniones, fiestas y francachelas; finalmente, después de más de un lustro de abandonar mis instrumentos al solitario fondo de mi armario, lo hago en casa, después del trabajo, malabareando entre la cena, el descanso y mis hijas que gritan, juegan y exigen un cuento antes de dormir y ya bien entrado el trigésimo compás de Jessica de “The Allman Brothers Band” que suena como alma penando en el diapasón de mi Strato American Deluxe.

 

Mi historia de guitarrista es pues, recuérdese la barrera de las semicorcheas a 120bpm que se alza eterna como monumento al fracaso, una de mediocridad; pero, sálvese el oxímoron, es una historia de mediocridad apasionada.

 

Puesto a recordar, hube de identificar la fuente de esa pasión ¿qué fue lo que me impulsó durante todos estos años a sostener la ilusión de practicar la guitarra?

 

No lo fue la mitológica asociación entre el guitarrista y el magnetismo sexual; mis conquistas en este ámbito poco se debieron a la guitarra y mucho a otros elementos difíciles de identificar, entre los que puede, o no, considerarse el auto convertible que tuve la suerte de conducir y el departamento en la Condesa que tuve la suerte de habitar durante la universidad.

 

Tampoco lo fue la pasión del creador que se acerca a la música desde un punto de vista artístico para convertir sus ideas o emociones en acordes y letras, la verdad es que nunca compuse nada.

 

Mucho menos fue la pasión por las causas sociales, que a menudo encuentran rítmica incubadora entre las estridencias armónicas del rock and roll; pues ciertamente mis anhelos sociales siempre se han encausado por el fortalecimiento de las instituciones democráticas, lo que se logra trabajando y preparándose y no gritándole “¡cerdos!” a los policías entre vapores canábicos y al ritmo de War Pigs.

 

Si he de ser honesto la pasión que me ha impulsado desde siempre y hasta ahora tiene que ver con un elemento muy simple, indisoluble de la experiencia de tocar la guitarra eléctrica: el tono (o timbre).

 

Hay algo poderoso, sugestivamente mágico en tocar un Power A a todo volumen en una guitarra eléctrica. Hay algo primitivo en la manera en que crujen los bulbos, se excita el altavoz y una resonancia armónica inunda el vacío. Las ondas sonoras estimulan el oído y una corriente nerviosa activa nuestros sistemas más íntimos. Entramos en survival mode y sostenemos en nuestras manos el arma que podrá sacarnos avantes de cualquier faena.

 

Es un tono (un timbre) que parece estar grabado arquetípicamente en nuestro subconsciente y que al reconocerse en las ondas sonoras que nos rodean nos hace reencontrarnos con nosotros mismos. Me parece increíble como ese ruido, esa cosa que suena, se ordena en nuestro cerebro y se reescribe pletórico de significado… y después viene el riff.

 

Surge del acorde y es parte de él, pero a la vez es distinto, se despliega a través de la pentatónica contando una historia, la que sea, pero se queda grabada a fuego en nuestros corazones para siempre.

 

Puede ser lírico y sutil, como en Brothers in Arms de Dire Straits; simple y enérgico como cualquier cosa de BB King; puede contar una epopeya como Gilmour en Confortably Numb o Brian May en Bohemian Rapsody, en todo caso, opera un milagro cuando el ruido se traduce, en el material con que se construyen los sueños.

 

Fue el tono, siempre fue el tono. Mi pasión siempre fue el tono y la búsqueda de ese tono fue lo que me convirtió en un Adicto al Gear.

 

Saludos, hermanos, y hasta la próxima.

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